1-YOPLAIT LA MUJER PÁJARO
La mano aferró el soporte del tendedero para tomar impulso y subir una pierna en la blanca pared que separa la terraza del vacío. No se puede adivinar la futura presencia del sol o si todo permanecerá enfoscado y plomizo. Pero la mujer no mira al cielo, su vista enfoca sus zapatillas de ir por casa y sus piernas temblorosas escondidas en un pantalón de pijama rosa; abajo los patios interiores, los tragaluces, las minúsculas macetas, la aguardan en una caída de varios pisos de altura.
La mujer respiró profundamente, soltó el tendedero y se incorporó manteniendo el equilibrio sobre las losetas resquebrajadas y el vacío.
El tiempo se detuvo con el gorjeo de las palomas y el olor a café.
––Buenos días, Mari.
Estremecida, la mujer arqueó el cuerpo.
¿La voz era real?
––Mari ¿Mi hilo de tender es el ocho de la puerta ocho?
––¿Eres el vecino nuevo?
––No sabía que en esta finca se pagaba tanto de comunidad.
––¿Puedes dejar de decir churros?
––Querrás decir chorradas.
––¿Puedes dejar de decir chorradas?
El hombre apoyó la espalda en la pared, sus codos rozaban los tobillos de la mujer.
––Qué zapatillas tan cucas... ¿Son del Primark?
La mujer miró con el rabillo del ojo a su interlocutor de acento cansado, sus canas se camuflaban con el rubio natural.
––No te acerques tanto, me vas a tirar.
Con un movimiento fulgurante el hombre atrapó las piernas de la joven para depositarla sobre la seguridad del suelo de la terraza, los dos se abrazaron y entre lágrimas el hombre preguntó.
––¿Cómo te llamas?
––Ponme el nombre que quieras.
––Pues te llamaré Yoplait, como el yogur caducado que he comido esta mañana, te llamaré Yoplait, la mujer pájaro.
Yoplait rio hasta toser.
El hombre elevó su barbilla, le sonó los mocos con un pañuelo de tela que llevaba en el bolsillo del batín y descubrió una cara joven, de grandes ojos azules.
––Me llamo Teddy, a partir de ahora soy tu mejor amiga ––Teddy le guio de la mano––. También hago un café estupendo.
Yoplait se sentó en un taburete de la cocina, apoyó los brazos en una barra amplia recorrida casi en su totalidad por una fuente ovalada llena de pétalos de flores. Teddy abrió una armariada de color rosa perlado.
––Si no te gusta el café tengo tes del mundo, si prefieres alguno en particular...
––No... El café está bien
Ted puso una gran cafetera exprés sobre las parrillas de la cocina y una gran llama azul rodeó la base.
––A mi pareja le encantaban las vitros, ¡yo las odio! Hicimos cada paella de, perdona la expresión, pero voy a decirlo: ¡de mierda! ––Ted movía las manos girando las muñecas sin cesar–– ¡Las cocinas a gas son necesarias! ¡Las llamas son necesarias! ¡Sin llamas no hay amor! Yoplait, ¿te imaginas un mundo sin llamas? ¿Cómo si no podemos pegarle fuego a una casa? ¿O suicidarnos con gas? ––Ted se dio un manotazo en la frente–– perdona eso último ha sido una grosería—puso los ojos en blanco— Solo falta darte ideas.
––Por eso no te preocupes, tengo vitro.
Empezaba a oler a café y por primera vez la mujer percibió el entorno.
––Vecino nuevo, me gusta tu casa.
Teddy bromeó
––Espero que los dos meses de tabarra con los albañiles haya valido la pena.
Yoplait se sujetó la cabeza y la movió de lado a lado.
––A veces creía que los porrazos me volverían loca. Me hacían madrugar y no me dejaban dormir la siesta ––los ojos azules se clavaron en los de Ted––. Pero sí, creo que ha valido la pena, mucho, vecino nuevo.
El café devolvió el ánimo a la joven y sus mejillas se tintaron de un color breve rosado. Ted se sentó a su lado, el ventanal mostraba retazos de ventanas y balcones, donde un vecino en bata fumaba sus penas.
Yoplait y Ted unieron las miradas y por primera vez ambos se fijaron al detalle el uno en el otro. Ted rondaba los sesenta años y casi los cien kilos, su mirada era perspicaz, en unos ojos con pequeñas bolsas, su tez era rosada, las gafas estrechas parecían sujetas por unas cejas casi pelirrojas, su cabello, ya en retirada y peinado con raya, era lacio y rubio salpicado de canas, sus labios eran finos; pequeños pliegues nacían de una pequeña papada; su cuerpo corpulento estaba ataviado con un sencillo pantalón y camiseta semi oculta por una chaqueta de punto verde.
––De verdad, ¿cómo te llamas?
La joven apenas sonrió, sus labios terminaban en una graciosa comisura, su piel era blanca y su nariz distinguida, su cabellera rubia ondulaba hasta la altura de sus diminutos pechos. Yoplait medía más de metro ochenta, y todos sus movimientos parecían dotados de una pausa que completaban su belleza casi irreal.
––Me gusta Yoplait. Tú seguro que tampoco te llamas Ted.
––Me gusta tu acento... ¿de dónde eres?
––De Ucrania, eso no lo puedo disimular.
Las preguntas le empezaban a incomodar, Yoplait tamborileó los pies, se los miró, hasta subir la vista y recordar que iba en pijama. Se incorporó.
––¡He de volver a casa!¡Voy en pijama!
––No quería decirte nada, en este barrio he visto a mucha gente pasear el perro con bata y zapatillas, incluso sin bata, sin zapatillas y sin perro.
––¿También viste al loco del machete?
––A cada paso parecía que se iba a cortar la chorra, sufrí muchísimo.
––¿Qué es la chorra?
––¿En serio, Yoplait? Solo hablas de chorras y de churros...Tu lenguaje me escandaliza y ruboriza.
Yo encogió los hombros y no preguntó por el significado de ruborizar. Ambos avanzaron por un salón, el mobiliario blanco destacaba en la pared gris, un sencillo espejo y un cuadro abrigaban las paredes casi desnudas. Yoplait enfocó la vista en una lámpara de época colgada sobre el centro de la mesa, tomó un jarrón que contenía un ramo de peonías blancas, se lo llevó a la nariz.
––Me encanta tu casa ––dijo Yo–– Me quedaría a vivir aquí para siempre.
––Porque no quieres ––respondió halagado.
En el aparador plagado de fotos, destacaba una; Ted, mucho más joven, hacía carantoñas a un hombre de atractivas facciones mediterráneas.
––Tu amigo es muy guapo.
––Lo era… Tanto tiempo asustado por el sida y murió de cáncer. Un apartamento así era el sueño de George, a veces me siento culpable de seguir respirando, de vivir su sueño sin él ––Ted tenía los ojos llorosos.
––Lo siento ––dijo Yo.
––Todos tenemos problemas, cosas que nos angustian y aterran, el primer paso es hablar de ellos, Yoplait.
Yoplait tomó aire.
––Es muy tarde.
––Duermes la siesta y vas todo el día con un espantoso pijama, te has integrado bien en el barrio.
Yoplait sonrió y se dirigió a la puerta.
En su camino descubrió un sofá y un diminuto perro, dos lacitos azules adornaban su cabeza, sus orejas colgaban casi hasta los pies.
Yoplait lo observó curiosa.
––Está muy logrado, parece de verdad.
El perro lanzó un ladrido que Yoplait recibió con un grito y casi su trasero en el suelo del susto.
––¡Es de verdad!
Ted tomó en brazos al perrito, su tono de voz se transformó en acaramelada. Empezó a acariciarle la cabeza.
––A Monty le asustan los extraños, cuando los ve o se queda quieto o directamente se tumba y se hace el muerto.
––Hola Monty.
Monty la miró aterrorizado, hasta que olisqueó y chupó su mano. Ted habló emocionado.
––A Monty le encanta el yogur, y tú te llamas Yoplait, haréis buenas migas.
Antes de salir, Yoplait acarició la peluda cabeza del gracioso animal.
––Parece un muñeco, ¿de qué raza es?
––Es un Shih-tzu. Ya está muy viejo, fue el último regalo de George...
––¿Por qué le llamas Monty?
—¿No conoces a Sara Montiel?
––¿Sara qué?...
La joven encogió los hombros y bajó trotando por las escaleras. Ted, cerró la puerta con gesto serio. Volvió a tomar la fotografía de George.
––Lo sé, George, lo sé. El menor problema de esa mujer es que no sabe quién es Sara Montiel.
Ya en su casa Yoplait se puso una goma en el pelo y sentada en el sofá lloró sin consuelo.
Las horas pasaron hasta que se escuchó la cerradura.
Yoplait tomó aire. La sombra colgó la chaqueta en el perchero de la entrada, el hombre miró su reflejo en el espejo y avanzó hasta el comedor.
––Estás aquí ––afirmó el hombre.
––¿Dónde iba a estar? ––respondió cadenciosa.
––¿Dónde has estado?
––Solo salgo para comprar. Como acordamos.
––Desgraciada ¿adónde ibas a ir?
––¿Cómo te ha ido el día?
––¿Acaso te importa?
Yoplait bajó la cabeza.
El hombre le sujetó la cara.
––¿Quieres que te conteste?
Yoplait gimió. La opresión en la mandíbula y los pómulos empezó a martirizarla. Yoplait mantenía la mirada y aguantaba el dolor.
––¡Ha sido un día de mierda! ––señaló la mesa–– ¡Y al volver a casa me toca ver a una mierda y cenar su comida de mierda!
Cuando la soltó, Yoplait tenía los dedos marcados en la cara.
––Maldito día en el que te alquilé. Como sigas dando mala suerte tendré que devolverte al tajo, por lo menos así harás algo de provecho.
Apoyada contra el banco de la cocina, Yo, se quedó inmóvil sabía que era un momento imprevisible.
––¿Has sido tú la del puto chivatazo?
––Sabes que no he hecho nada... Nunca haría nada contra ti ––sollozó.
La pistola brilló fugaz, el hombre apoyó el cañón en los labios de la mujer.
––Abre la boca.
El cañón levantó el labio superior descubriendo una dentadura perfecta.
––Abre la boca o te rompo los dientes.
Aterrorizada, la mujer abrió la boca, el hombre la sujetó del pelo y le metió el cañón hasta provocar una arcada.
––El día que me engañes, el día que me denuncies, primero te desfiguraré la preciosa cara y te meteré este cañón por un sitio que no es la boca, luego te entregaré a mi hermano y a sus chicos, sé cómo te mira y cómo lo miras, ¡puta!
El hombre giró el cuerpo de Yo que mantenía las manos en la barra americana de la cocina. Levantó la falda del vestido y se bajó la cremallera de la bragueta del pantalón. Le provocó un doloroso pellizco al apartarle la braguita.
––¿Sabes lo que te salva?
Yo emitía quejidos al ritmo de las sacudidas.
––Que estás muy buena...
Emparedada, la mujer desplazó el tronco, sus manos hacían tope con la pared de azulejos
––Que estás muy buena...
Yo simuló sus lágrimas
––Que estás muy buena...
Sintió cómo el hombre se estremecía clavando los dedos en sus pechos, gruñó hasta que la liberó. Yo se bajó la falda, y se encaminó hacia el baño.
––¿Dónde te crees que vas?
––A lavarme un poco...
––¿Te sientes sucia cuando estás conmigo?
––No...
––Pues ven a la mesa, vamos a cenar.
La mujer se sentó frente a su pareja, Javier Carballo no apartaba la mirada del plato y estaba dando cuenta de las patatas fritas y los frankfurts.
––Aparte de vivir en esta casa de mierda, he de comer tu comida de mierda.
