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MADAME STORM


La señal indicaba los kilómetros hasta la salida de la urbanización, los policías apenas habían intercambiado palabra y Marta ya empezaba a arrepentirse de su negativa a hacer la lista de los agentes de confianza.

Hasta el momento el asfalto había ofrecido un paisaje monótono; naves industriales cerradas o abiertas con letreros en chino, salidas a caminos rurales y a huertos abandonados y desecados, donde jóvenes extranjeras esclavas sexuales, saludaban en ropa interior de pie o sentadas en sucias sillas apilables. 

Marta rompió el hielo.

––Me gusta este coche. 

––Es de esa inspectora loca y cabezona recomendada por usted. Recuerde que me ha tirado las llaves, oficialmente me lo ha dejado.

––Y usted recuerde que le dije que no somos tan amigas.

La garita de vigilancia cortó la conversación.

 

Habían casetas de perro más grandes y elegantes que el cuchitril de madera que mantenía el equilibrio sobre una base de bloques de hormigón. Sita en el mismo centro de la calle, con su doble barrera y cámaras controlaba los accesos.

Héctor y Marta mostraron la placa. 

Desde una ventana de cristal, sin ningún tipo de blindaje, asomó alguien de rostro huraño y gastado, parecía ser vigilante y por lo que dijo a continuación estaba más quemado que Johnnie Storm, la antorcha humana de los Cuatro Fantásticos. 

––Ya sabía que no sois de aquí. Estos cabrones estirados nunca paran, incluso aceleran y tengo que levantar la barrera a toda hostia. No nos miran a la cara, ni nos hablan, ni a los vigilantes ni a los conserjes. Pero no os dejéis llevar por las apariencias, los que viven aquí no son más que cuatro muertos de hambre que no llegan a fin de mes ––mientras hablaba, el vigilante ya había salido de la garita y facilitaba a los agentes un plano de la urbanización.

Tras una pausa el vigilante continuó: ––¡He jurado, que si un día me toca una buena primitiva, compraré varias propiedades y se las regalaré a familias de gitanos romaníes a condición de que llenen esto de gallinas, cabras y burros! 

Parecía que aquella cara acartonada fuera incapaz de ello, pero el vigilante acompañó a los agentes en sus carcajadas.

La urbanización fue fruto del matrimonio entre un político insaciable y un constructor que repartía mucho amor. Una microciudad construida sobre el último vergel de la región, un paraje natural en el cual nacía su último río y sobrevivían los últimos ejemplares de flora y fauna autóctona.

Era conocida por los lugareños por la Ciudad Pitufa, porque todas las casas eran prácticamente iguales. La urbanización tenía todos los ingredientes para dibujar una serie de tiras de humor o rodar una nueva y exitosa tele-serie: Una presidenta todopoderosa, el administrador, el cortejo de amigas pelotas, su lugar de reunión el bar de la placeta, la piscina comunitaria inservible por goteras, el club social cerrado por falta de rentabilidad, amantes, cornudos, ladrones, adolescentes atrapados en Ciudad Pitufa que convertían cada fin de semana en una competición de gamberradas... Y la competición de sus padres por ver quien tiene el coche más grande y la nevera más vacía.

Las calles parecían iguales y solo se distinguían por el nombre de grandes literatos y pensadores.

*Nota del autor: Con el mío no hay ninguna.

Al tratarse de un día laboral, a excepción de algún perro guardián o el eco del cortasetos de algún jardinero, no había otras señales de vida. Parecía una ciudad muerta. Como la calle donde habían aparcado los agentes. Madame Storm, era el pseudónimo de la más respetable vecina. Su propiedad era la última de la urbanización y la más aislada. Por la parte delantera empezaba un camino real, que no se podía tapiar, pasando por él regularmente un pastor con su rebaño de ovejas, cuyo rastro competía con el más viejo y centenario olivo. 

El administrador había intentado disuadir del paso al buen pastor, pero su bastón y perro habían razonado con el trajeado y probo emisario de la todopoderosa presidenta Vicenta.

Por la trasera, un bosque de chopos se nutría del nacimiento del río. Así pues con la excusa de la seguridad, a la propiedad se le había concedido un permiso especial para rodearse de unos muros por los que no se veía nada.

A un gesto del comisario Marta tocó el timbre.

Nada, era lo esperado.

No insistieron y acudieron a la parte trasera de la vivienda por un camino cuesta abajo que separaba la propiedad de la contigua.

Ya pisaban hojas, tierra y vegetación y si no andaban con cuidado pisarían rollizas sorpresas, que dejaban los vecinos paseando a sus perros y que minaban las zonas verdes.

Héctor sorprendió a Marta escalando con la gran agilidad hasta la parte superior del muro de piedra vista.

––¿No es eso ilegal? ¿Tenemos orden judicial?

Héctor le sonrió, bajó los brazos y Marta colgó de ellos tras coger carrerilla. El comisario la subió como si de una pluma se tratara.

 

Asomaron al descuidado jardín interior. El desnivel del terreno lo dotaba de una profundidad inesperada. Marta tragó saliva, las alturas no eran lo suyo y las caídas menos.

––¿Cuántos me...?

El comisario ya la esperaba abajo con los brazos tendidos.

Una corriente de aire revivió la mítica escena de Marilyn Monroe, de la película de Billy Wilder la tentación vive arriba. El vestido de Marta no era blanco, ni estaba sobre la rejilla del metro de Nueva York, pero su falda volaba emulando a la diva americana.

Marta se dejó caer sobre el comisario, este había bajado la guardia sorprendido por el gratuito y sensual homenaje, y los dos rodaron por el suelo. Sus mejillas se rozaban y los agentes notaban las protuberancias de unos cuerpos diseñados para encajar.

Marta miró al comisario un poco sorprendida, lo recurrente hubiera sido... Pero Héctor no podía decir que aquello era la pistola. Tras contener el aliento y el deseo, sonrieron, la menuda agente lo hacía con más naturalidad, la falda casi le llegaba al cuello, se lo tiraría ahí mismo y ahora mismo.

Se lo tiraría ya.

Héctor mantenía las manos levantadas.

No sabía donde posarlas, porque si las posaba...

Las que se posaron sobre ella fueron decenas de moscardas.

Verdes y asquerosas.

Las moscardas habían abandonado su hogar: dos perros muertos de raza Rotwailler; la baba reseca de sus hocicos indicaba que habían sido envenenados mediante unas chuletas, ahora verdes.

Los agentes descorrieron el seguro de sus armas.

La morada era circundada por un camino de piedra, las ventanas permanecían cerradas, sus cristaleras intactas. No habían balcones y el tejado carecía de salientes o cornisas. Un lateral de la vivienda se usaba como parking y en él descansaban numerosos vehículos de alta gama, alguno de ellos blindado y oficial.  

Con tarjetas de aparcamiento del juzgado y del ayuntamiento.

Marta fotografió las matrículas.

 

Volvieron a la parte trasera de la vivienda. Y descorrieron la hoja de la puerta de aluminio del gran salón acristalado. Con una mirada se entendieron. Héctor avanzaba y Marta le cubría. En cada estancia aumentaba el sudor y la emoción, pero en la planta baja no había nadie.

La planta superior comprendía tres habitaciones, una con cuarto de baño, un retrete, una buhardilla vacía y finalmente un despacho. Hasta llegar allí el resto de la casa les pareció muy impersonal. 

Pero el despacho... Una de sus paredes contenía un armario de puertas correderas y una banqueta. Junto a un tragaluz una mesa con un ordenador portátil conectado a la red. 

Marta levantó la tapa del ordenador y se activó un salva pantallas. Mejor dicho un vídeo de una violencia emocional insostenible. En él hombres medio desnudos se prestaban a vejaciones aberrantes mientras Madame Storm iba más allá de su nombre.

Como acto reflejo, los agentes se alejaron sin perder de vista el monitor, Marta rozó la espalda con el armario, profirió un pequeño gemido. Las siluetas de los policías eran recortadas por el brillo de la pantalla. Ahora en el vídeo se sucedían imágenes de Madame Storm, una cincuentona de cabello lacio y revuelto, mirada desviada y cuerpo espigado que enfundaba coloridos modelos de ropa de látex con un fondo de armario sin fin.

El vídeo terminaba con el primer plano de la mirada de odio de la ama y de unos labios que asomaban por la máscara de látex.

>>Bienvenido a mi sótano. Bienvenido a tu entierro.

Tras unos rótulos de números teléfonos y formas de pago, volvió el bucle de imágenes inicial. Héctor bajó la pantalla y tiró del tragaluz. Una corriente de aire les erizó la piel. El comisario extrajo su petaca de aluminio y le dio un generoso trago.

Marta le tomó la petaca y mojó el gañote hasta vaciarla y farfullar: >>Busquemos el puto sótano.

El suelo del salón principal era de parquet, Héctor apartó el sofá y retiró las alfombras.

––Debe haber una trampilla.

––¿Y por qué no una puerta?

La voz de Marta procedía de un cuarto de baño. Cuando Héctor entró comisario la menuda agente estaba dentro de la ducha repicó con los nudillos una pared que sonaba hueca.

Marta, pasó el dedo por la separación de los azulejos esbozando una puerta que camuflada pasaba desapercibida a la vista, pero que ahora delineaban.

––¿Cómo se abrirá? ¿Comisario...? 

––Debería de haber una maneta, o... no sé... ––Marta cogió el mando monobloc del grifo de la ducha, sobre ella la alcachofa muy grande y circular le anunciaba un buen remojón. 

Marta giró la maneta entrecerrando los ojos y encorvando el tórax. Parte de la pared se desplazó.

Apareció una escalera iluminada en tonos rojos.

Sonó una grabación.

>>Bienvenido a mi sótano, bienvenido a tu entierro.

 

El lugar era un pasillo interminable plagado de puertas y recodos de roca y tierra apuntalados. Las bombillas que colgaban del techo eran de color rojo. 

El vídeo que habían visionado en el despacho de Madame Storm, no era más que una versión edulcorada de lo que les aguardaba tras cada puerta. Era un pasaje al horror y la depravación.

Alguien había hecho el mismo recorrido.

Matando y degollando.

Cada sala contenía cuerpos sin vida que se habían prestado a un juego con un final más doloroso de lo pactado. Hombres enjaulados; otros atados boca abajo con los penes apuntando a sus bocas abiertas por complejos ganchos; otros ensartados con dildos exagerados. Todos vestían con escuetos taparrabos, con collares, de castigo, cadenas y grilletes, con sondas, con electrodos... La perversión e imaginación sadomasoquista de Madame Storm, superaba con creces los deseos más perversos e imaginables, como los aparatos de tortura copiados del oscuro medievo o los nuevos ingenios sexuales: máquinas de ordeño, de penetrar, de... 

El objetivo era ofrecer esclavitud, tortura y orgasmos. 

Ahora todos estaban muertos. 

Podredumbre, semen, sangre, orines y heces.

Marta reconoció entre ellos a un concejal dentro de una jaula y a un juez desnudo y envuelto en plástico de embalar con...

El recorrido se hacía eterno, Marta y Héctor estaban dentro de un auténtico laberinto de extensión que a buen seguro superaba el interior de la vivienda, incluso de la propiedad. Las paredes rezumaban cada vez más humedad y anunciaban la proximidad del río. Las raíces creaban una maraña cada vez más complicada.

La zona estaba asegurada con puntales. Se toparon con una mujer muerta, a ella se sumaron dos más. Todas vestían de látex, pero eran demasiado jóvenes para ser la Storm.

Se apagaron las luces.

La zona ya solo era iluminada por las linternas de los agentes.

––Salgamos de aquí ––susurró el comisario.

Marta López tenía las mejillas pintadas de rimmel, las lágrimas no paraban de brotar en sus bellos ojos, asintió y sonó un sollozo que no procedía de ella, sino del portador de la mano que la sujetaba del tobillo. Agazapado en las penumbras, un tipo permanecía vivo, sus labios estaban resecos y en su rostro ya no habitaba mucha cordura. El banquero vestía con tan solo unas medias negras.

Marta se zafó de él propinándole un rodillazo en la cara.

––¡No me mates...! ¡No me mates...! ¡Soy ... Soy...

––Tranquilo ––dijo Héctor–– Aquí nadie va a matar a nadie.

El primer disparo destrozó parte de un puntal y la hombrera del traje italiano del comisario. El segundo causó gran mella en otro puntal.

––¡Habéis vuelto! ¡No dejaré que me matéis! ¡A mí no! ¡Asesinos!

––¿Madame Storm? ¡Somos policías! ¡Suelta el arma!

––¡Jajjajaja!... ¡Los habéis matado a todos!... ¡Y lo único que voy a soltar es plomo! ––la mujer tenía toda la pinta de decir la verdad, su aspecto era de haber estado escondida varios días, sobreviviendo gracias al agua que se filtraba por las raíces. Pero ahora tocaba sobrevivir a los agentes. La figura de látex blanco empuñaba un rifle de repetición.

––¡No dispares, somos los buenos!

––¡En esta ciudad no hay buenos!... ––quien decía ser Madame Storm escupió, amartilló el arma y disparó por última vez.

Héctor vació el cargador.

Del traje blanco de la mujer brotaron lentejuelas rojas, mientras el techo se empezaba a hundir. Los puntales caían como fichas de dominó y todo se venía abajo.

El banquero lloraba, como ante él lo hacían cada día padres de familia pidiendo moratorias a ejecuciones hipotecarias. Héctor lo intentó, pero el banquero estaba encadenado por los tobillos y recibió por respuesta una parodia de sus mismas palabras.

––¡Lo siento, es imposible salvarle! 

Marta tiró del comisario y ambos corrieron mientras a su espalda la oscuridad era rota por los tragaluces artificiales creados por los vehículos del parking al soterrarse. 

La escalera se derrumbó al terminar de subir Héctor.

La agente López cayó abajo, miró atrás y la ola de barro y muerte avanzaba hacia ella sin remisión.

Marta, apretó los dientes y corrió ascendiendo a una montaña de cascotes. Desde allí practicó un salto espectacular, que la dejó suspendida, a salvo del caos, en los varoniles brazos del comisario, que tumbado en el plato de ducha la volvía a subir sin aparente esfuerzo.  

>>Bienvenido a mi sótano, bienvenido a tu entierro.

Efectivamente tiznados de tierra y polvo, volvían de su entierro.

Pero se sentían muy vivos.

Gracias al susto por la automatizada e inesperada audición de la grabación, la subinspectora se tumbó sobre el comisario con la falda hecha jirones.

Ya sabía que el Pisuerga pasaba por Valladolid.

Y eso había que aprovecharlo. 


EXTRACTO DE LA NOVELA "EL SALARIO DE LOS HÉROES"