La prostituta ya estaba en el centro de la habitación. La española, apenas superaba la veintena, así se pagaba la carrera universitaria.
En un sistema privatizado y sin apenas becas, eligió el camino del dinero más rápido. Su físico se lo facilitaba con creces.
Era una joven de belleza serena y cuerpo armonioso. Vestía como si fuera a trabajar a una oficina, sus piernas lucían magníficas entre la falda de vuelo y las botas de caña alta.
Miró sonriente a su cliente. Cada cita era una nueva aventura, en esta se sentía afortunada. El tipo de pelo canoso podía ser su padre, pero era de aspecto agradable y parecía en forma.
––Quítate el abrigo y deja el bolso.
La adolescente se desnudó maquinalmente, hasta quedarse en braguitas, dejando a la vista unos pechos frescos y jóvenes.
––Eso no te lo he dicho. Ponte el suéter y siéntate en la cama.
Ella obedeció sonriendo forzada, la situación le empezaba a incomodar.
El tipo extrajo del mueble bar unos botellines.
Durante fracciones de segundo, el miedo se apoderó de la joven. El temor dio paso a la extrañeza.
El cliente se sentó en un sillón frente a ella.
––¿Cómo te llamas?
––Ruth.
––¿Cuántos años tienes?
––...Veinte.
––¿Esta es la clase de vida que quieres?... ¿Ser una puta?
––Yo... Es temporal... Es...
––¿Saben tu padre y tu madre que su hija es una puta?
––Oiga, no me juzgue. Es usted quien ha pedido a una, que fuera rubia y que estuviera buena.
Ruth hizo una pausa para continuar desafiante.
––No tengo la culpa que cuarentones como usted, en el otoño de su sexualidad, reafirmen su marchita masculinidad pagando por follar.
––¿Qué estudias?
––Psicología.
El tipo rió y apuró otro botellín.
––Oiga, está pasando el tiempo y yo cobro por servicios...
––Pues hazme un psicoanálisis ––ahora la que reía era Ruth––. Te lo digo en serio.
Ruth recuperó la compostura y carraspeó, su cliente abría otro botellín. A la pareja apenas les separaba un metro.
––Usted..., padece un grave conflicto intrapsíquico. Aparenta control emocional, pero vive en un estado permanente de tensión psicológica que le lleva directo al cortocircuito. El mayor peligro de su vida es usted mismo. Ya no separa las ideas de los sentimientos a causa de una pérdida que no termina de aceptar.
>>Al verme..., por primera vez..., su reacción ha sido de sorpresa... Tenía la pupilas dilatadas... Le gusto, pero ha procesado lo oportuno de tener sexo conmigo, en una especie de contienda integral-emocional. Mi figura la identifica inconscientemente con otro ser y la práctica del coito conmigo sería una posible manifestación libido incestuosa.
Ruth sonreía, se sentía muy poderosa, la situación le excitaba.
––Por lo que puedo afirmar que es usted moralmente incapaz de penetrarme, dañarme y mucho menos de matarme.
––Dime ¿Qué me impide rellenarte con todos estos botellines? Al fin y al cabo estamos tú y yo solos. Cada vez que entras en una habitación juegas a la ruleta rusa ¿Qué me impide matarte ahora mismo?...
Ruth aparentaba seguridad pero como acto reflejo miró la puerta.
––Eres muy buena.... Si terminas la carrera podrías trabajar para el CNI o donde te propusieras, pero no la terminarás si te capta una mafia y te agujerea el alma y las venas.
Ruth iba a replicarle, cuando el cliente abrió la cartera y empezó a contar hasta cuatro.
Los billetes de quinientos euros la sorprenden.
––Toma.
Ruth no sabe qué decir, con la crisis y la competencia el servicio es de cincuenta euros. La joven se siente en una nube, los billetes que acoge en sus manos la confunden y turban. La joven no es profesional, pero en cierta manera se siente despreciada, su diestra viaja a la bragueta del hombre.
––¿Quieres que te la chupe?... Dicen que lo hago muy bien.
El hombre la zarandeó.
––¿No has entendido nada?... Pilla la pasta y deja toda esta mierda ¡Eres muy buena!... ¡No hinques las rodillas!... ¡Hinca los codos! ¡Ruth, sal por esa puerta y vuelve a la puta uni!
Ruth salió de la habitación muy desconcertada.
¿Quién era ese tipo? ¿Dos mil euros por?...
Aparcó sus inquietudes desapareciendo en el ascensor.
¡Dos mil euros!
El desconocido había hecho más por ella en unos minutos que el ministerio de educación en toda su vida.
La habitación de nuevo era el refugio de sus fantasmas.
El hombre asomó a la ventana. Pasaron los minutos, su mirada estaba perdida hacia la nada, hacia su interior y allí reinaba el vacío y la desolación más absoluta.
Una noche fatal, un conductor suicida le sorprendió en plenos túneles de la M 30, Héctor conducía e instintivamente giró el volante en el último momento. Su mujer y su hija, murieron.
Él sobrevivió para convertirse en un muerto viviente.
Mimetizó el dolor, refugiado en su trabajo como agente judicial, continuando su particular e infatigable cruzada contra la corrupción política. Sus investigaciones sobre la complicidad de los mismos en la creación de rumores de insolvencia, para provocar las caídas de las bolsas y subidas de las primas de riesgo, llegaron a ser una gran molestia.
Con el primer arresto fue fulminado del servicio.
Hasta nueva orden recuperó el estatus de muerto.
Su último deseo era beberse todos los botellines y joder con una prostituta, pero, la que le habían enviado era de edad aproximada a su hija.
A la edad que tendría ahora.
Su dulce Miriam.
Ejemplar, centrada, estudiosa, legal, virgen...
Murió con quince años, sin conocer nada de la vida...
Miriam y Cristina... Hace cuatro años ya...
Él conducía.
<<––¡Salva a la niña!>>
El ex agente judicial se sentó en un lateral de la cama, del cajón de la mesita sacó una pistola. Se la metió en la boca.
Su lengua saboreaba el ácido sabor del metal y su dedo índice ya rozaba el gatillo. El sudor invadía sus fosas nasales y apoyó el cañón en el maxilar superior.
La melodía de su respiración le iba a despedir de este mundo.
Sonó otra música. La Lambada.
El politono que le había elegido su mujer para el teléfono.
Parecía que Cristina volvía de la tumba para salvarlo.
La voz era familiar, Robert, era el único amigo que le quedaba.
<<He conseguido algo para ti>>.
Había oído hablar de esa comisaría.
Estaba en el culo de la geografía.
Allí los comisarios duraban poco.
Morían.
Héctor Guzmán se volvió a asomar a la ventana apuró el botellín, e hizo un juramento.
––Yo también duraré poco.
Decidido.
Su cementerio sería esa maldita ciudad.
